28 de agosto de 2009

Alpes 2009

Cervino y Mont Pelvoux.

El pasado mes de agosto Luis y Raúl estuvieron por los Alpes ascendiendo varias cumbres, entre ellas el Mont Pelvoux y el Cervino.

Esta es la crónica redactada por Raúl que resume estas jornadas alpinas estivales.

Después del típico viaje coñazo, con peajes y más peajes y kilómetros y más kilómetros, llegamos a nuestro primer objetivo, el Macizo de los Ecrins. Nos instalamos cómodamente en el camping municipal de Ailefroide, un sitio muy recomendable para pasar unos días ya que te da la oportunidad de hacer algún cuatro mil o de escalar en roca, saliendo con el arnés puesto de la tienda de campaña, vías de varios largos o de deportiva.
Nuestro objetivo para calentar motores era el Mont Pelvoux, de 3.970 metros. No es un cuatro mil pero se le acerca mucho y allí íbamos a poder gozar de un poco de tranquilidad alejados de multitudes. Con la “gran” información que teníamos (el mapa y un video que había visto en Internet Luis), nuestra intención era subir por el corredor Colridge, de 50º más o menos y aparentemente facilito. Así que al día siguiente, con un mochilón de esos que te quitan la afición por la montaña, subimos para el refugio que como es habitual no íbamos a usar ya que queríamos vivaquear (la previsión meteorológica era muy buena). 1.300 metros de desnivel nos separaban de él, así que como siempre, paciencia y para arriba.
Cuando llegamos preguntamos al guarda como estaba de condiciones el corredor y que por donde se bajaba mejor. Nos dijo que el corredor estaba bien, pero que madrugando y ojito con las piedras. Respecto a la bajada nos indicó una zona que según él era facilita y que con las manos en los bolsillos se bajaba sin problemas.
A la mañana siguiente, a la 4:30 de la mañana, nos pusimos en marcha como siempre más tarde que los franceses a los que es imposible ganar madrugando. Poco después del amanecer ya estábamos al pie del corredor que no aparentaba mucha dificultad, así que fuimos para arriba, ya sabéis, pim, pam, pim, pam hasta que se acabo la nieve y llegamos a un pedrero bastante feo e incómodo que nos llevó hasta la salida del corredor. Durante la ascensión los de arriba nos lanzaron un par de piedras de las que el casco no sirve para nada. De allí a la cumbre nos llevó 20 minutos, en donde estuvimos casi una hora gozando de las vistas, el sol y la soledad de la montaña. En total 5 horas hasta cumbre y el corredor bastante fácil en el que ni siquiera sacamos la cuerda.
Para bajar, hicimos caso al guarda del refugio y bajamos por las rocas rojas. Nos acordamos de toda su familia y de sus manos en los bolsillos. Al principio no fue mal, pero después una tortura de bajada por llambrias y destrepes por zonas con pocos hitos que salvamos de milagro. Pero bueno, al final acabamos sin contratiempos, llegamos al refugio de nuevo, echamos la siesta, cogimos el mochilón y para abajo. Mis botas de plástico comenzaron a romperse y milagrosamente llegaron vivas hasta Ailefroide.
Al día siguiente estábamos muy cansados (maldito mochilón) y mis botas no daban garantía para nuestro siguiente objetivo, ascender la pala norte de la Barre des Ecrins (4.105 metros), así que dedicamos el día a descansar, comer y escalar unas viucas de deportiva. Y al día siguiente, domingo, carretera para Cervinia.
Decidimos terminar la aclimatación en el Breithorn (4.105 metros), ya en Cervinia. Es un cuatro mil facilito en el que mis botas, con un poco de cinta americana, podrían aguantar bien. El lunes 17 a las 7:30 de la mañana cogimos el teleférico hasta el Plateau Rouse, a 3.500 metros, en donde nos deja con un montón de palilleros que van a esquiar en la estación. Que envidia…….. Pero bueno, después de darnos un rule por toda la estación porque nos dejamos el mapa en el coche llegamos a las cumbres occidental y realizamos la arista a la cumbre central en donde estuvimos un buen rato aclimatando. A la bajada la estación de esquí ya había cerrado y la gente de dedicaba a tomar el sol como en la playa, biquinis incluidos. No dábamos crédito a los que estábamos viendo nosotros tapándonos para evitar el sol y ellos friéndose a las dos de la tarde a 3.500 metros y en agosto. Ser dermatólogo en Italia debe ser un gran negocio.
Y al fin llego el gran día. Con una previsión meteorológica buenísima cogimos camino del Cervino, nuestro gran objetivo. Después de pensar en cuantos días lo haríamos si dos o tres, nos decantamos por subir y bajar en dos días. Sabiendo que el segundo iba a ser “un gran día”. El primer día llegaríamos hasta el refugio Carrel, a 3800 metros y colgado en mitad de la arista. Nos esperaban 1800 metros de desnivel. Habíamos aligerado la mochila a tope, sin saco de dormir y racionando la comida porque había que subir agua para dos días. La primera parte, hasta el refugio de los Abruzzos (2.900 metros) transcurre por una pista aburrida. A partir de aquí, comienza un sendero muy marcado hasta la Tete de Lion, a 3.500 metros. Un poco antes de él se encuentra el último punto donde se puede coger agua. En el collado de Tete de Lion comienza la arista propiamente dicha. La primera parte es facilita, con alguna trepadilla, pero sin problemas. A 3700 comienzan un poco las dificultades, con algún paso equipado con cuerdas fijas. Nos encontramos con un muro de 15 metros vertical equipado con cuerdas fijas y estribos, así que lo superamos sin problemas, eso si, tirando de brazos como campeones.
A mediodía llegamos al refugio, que no estaba mal, con unas 40 plazas. Según fue transcurriendo la tarde empezó a llegar gente y más gente, así que tomamos posiciones en una litera y no nos movimos hasta el día siguiente, por si nos quitaban el sitio. La gente acabó durmiendo en la calle. Fue una noche un poco agobiante, pero ya se sabe que en estas ocasiones, paciencia.
Al día siguiente la gente empezó a moverse muy pronto, a las 12 de la noche. Nosotros, sin embargo, esperamos a que aclarase un poco el día para ver por donde subíamos y para evitar el mogollón de gente. Y fue un acierto. A las 5:30 de la mañana, salimos del refugio y casi no encontramos gente hasta la última parte. La temperatura era estupenda, no hizo falta usar los guantes, y el día radiante.
La subida hasta la cumbre se resume pim, pam, pim, pam pa’rriba. Cuerda fija para arriba, cadena para arriba y trepa que te trepa. La subida está bastante marcada, aunque hay que tener un poco de ojo para orientarse bien. El paso más difícil está a 4.300 metros, en la escala de Jordan, una escalera colgante, pero una vez que te pones a subirla no es para tanto, siempre que no mires hacia abajo. Hicimos toda la subida con la cuerda en la mochila, pero en ningún momento pasamos apuros. Eso si, hay que ir bien aclimatado y con agilidad en el arte de trepar porque un patinazo o un despiste y te recogen a pedazos dos mil metros más abajo. En esta montaña es importante ir rápido siempre que las condiciones lo permitan. También hay que ir atento al adelantar una cordada por si se caen te arrastran en su caída.
La llegada a la cumbre fue un poco rara. Estaba atestada de gente y tuvimos que esperar un momento a que se fuese alguien para poder sentarnos y comernos una barra de fuet. Para pasar a la cumbre suiza había mucha gente, con las cuerdas, crampones y haciendo malabarismos para no tirarse unos a otros por la cara norte, así que nos quedamos en la cumbre italiana para no tentar a la suerte.
Y la bajada, un poco agobiante, había más gente que nos ralentizaron, hicimos tres rápeles y el resto pim, pam, pim, pam pa’bajo y destrepa que te destrepa. Como en la subida, hay que estar ágil destrepando y no mirar mucho para abajo. La verdad es que en ningún momento tuvimos sensación de peligro por la caída de piedras. Tardamos los mismo en subir que en bajar, 5 horas. A las 15:30 estábamos otra vez en el refugio, comimos un poco y seguimos camino para abajo, con ganas de llegar al coche.
En la bajada, ya cerca de Cervinia tuvimos oportunidad de comprobar porqué este pico es tan peligroso y hay tantos accidentes. A parte de porque va mucha gente los cambios de tiempo son muy repentinos. En menos de media hora se preparó una tormenta impresionante de granizo y truenos que menos mal que encontramos un saliente de roca. Por cierto nos tuvimos que pegar con una cabra que también encontró refugio en el saliente. Después paró y volvió a salir el sol. Si eso te coge arriba, puedes tener un problema ...
En fin, que a las 8 de la tarde estábamos en el coche después de 15 horas de actividad, más contentos que unas castañuelas, con el trabajo hecho y menos cansado que el día del Pelvoux. Sólo nos quedaba celebrarlo esa noche en el camping con pimientos rellenos de lata, pure de patata y una botella de vino que nos hizo ir a gatas al saco.

Raúl Guerra
Socio y Vocal del Grupo de Montaña ALTAI

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